lunes, 17 de febrero de 2014

AMÍLCAR BARCA. Segunda Parte: La Guerra de los Mercenarios (241-237 a.C.)



Nada más terminada la Primera Guerra Púnica, Cartago tuvo que enfrentarse a un peligro aún mayor, pues rebelados sus propios mercenarios en el corazón de su territorio, ya no luchaba por mantener o ampliar sus posesiones más allá del mar, sino por su propia supervivencia. Amílcar Barca se erigió en este conflicto como protagonista principal de los hechos y salvador de su patria. Es además el episodio mejor documentado de su vida, donde se puede observar con mayor detalle sus habilidades como general.




"Tres años y cerca de cuatro meses duró la guerra de los extranjeros con los cartagineses, guerra que excedió muchísimo en crueldad y barbarie a todas las otras de que tenemos noticia."
Polibio (1, 88' 7)

Infante libio
Cartago, Amílcar y el Ejército de Sicilia en 241 a.C.

Como pudimos ver en la Primera Parte, Cartago asumía el final de este año totalmente derrotada por Roma. Había perdido todos sus territorios en Sicilia y el esfuerzo que había hecho en la guerra había dejado a la ciudad con las arcas vacías y teniendo que asumir ahora el pago de la indemnización de guerra: 2.200 talentos eubeos de plata a pagar en cuotas anuales durante los próximos 10 años, más otros 1.000 talentos a pagar de inmediato[1]. La población ciudadana se había visto afectada en número, por las batallas, y económicamente, cortadas las rutas comerciales marítimas durante largos años. La campiña se vio arrasada con la invasión de Régulo (255-4 a.C.) y las comunidades libias y númidas subordinadas a Cartago eran un hervidero debido a la flagrante subida de impuestos.

Por su parte, Amílcar Barqa regresaba a su patria habiendo perdido parte de su prestigio político y militar (ambos tan unidos en la antigüedad). Es cierto que no fue derrotado en Sicilia y que con escasos recursos infligió continuas pérdidas a los romanos amén de ser un continuo dolor de cabeza para los cónsules que durante más de seis años se fueron turnando, tratando, con aplastante superioridad numérica, finalizar la guerra. Pero tampoco había conseguido la victoria para Cartago, algo que sus enemigos políticos tratarían de aprovechar de inmediato.

No podemos dejar de lado el destino que sufrían los generales cartagineses (y en realidad los de cualquier ciudad-estado del Mediterráneo, a excepción de Roma) que salían derrotados de sus campañas. La muerte o el exilio eran prácticas habituales. Sin ir más lejos, Hannón, el almirante derrotado ese mismo año en las islas Egates fue ajusticiado.

En cambio Hannón el Grande había logrado ascender gracias a sus victorias contra los númidas. La balanza de la política cartaginesa de decantaba hacia el lado de los grandes terratenientes, con Hannón a la cabeza.

Para solventar su incómoda situación, Amílcar buscó apoyo entre los demás aristócratas púnicos. Uno de ellos fue Asdrúbal, apodado el Bello, que posteriormente se convertiría en su yerno, y que Apiano describe como “el más popular de los hombres principales”. Al parecer, otro aliado fue un tal Bomilcar “el Rey”, ya que Polibio nombra en el ejército de Aníbal en Italia a “Hannón, hijo de Bomilcar, sobrino de Aníbal”; es decir, se casó con otra de las hijas de Amílcar.

Es probable que el Barqa midiera ya la idea de expandir los territorios de Cartago hacia el Oeste para abrir nuevas rutas comerciales y así rehacerse tras la pérdida de Sicilia, además de pagar la deuda con Roma. Pero por el momento, ya obligado por los grandes hombres de Cartago, ya por su propia seguridad ante aquellos, se mantuvo alejado de la escena política.

Tal fue su prisa por volver y reorganizar sus asuntos, y quizás también por orgullo y enfado con su patria por no haber continuado la guerra, que dejó a Gescón al mando de la operación de retirada de tropas de Sicilia, a las que además se les debía pagar el dinero atrasado por sus servicios.

El ejército de mercenarios que había estado a las órdenes de Amílcar contaba con más de 20.000 hombres, la mayoría libios, pero también galos, ligures, baleares, mestizos griegos (un término oscuro[2]) y también desertores romanos e itálicos. Todos soldados profesionales con gran experiencia[3].

No hay descripción detallada del ejército, pero podemos deducir algunos puntos. Como veremos más adelante, tras la derrota en Bagradas, Spendio sale con “6.000 hombres de varias nacionalidades”[4], acompañado por los 2.000 galos de Autarito. Por tanto, las tropas no libias debieron contar con un número de al menos 8.000 hombres, quizás 9.000 contando con que se producirían bajas y deserciones; pudiéndose cifrar a los libios en unos 12.000 o 13.000.

Las tropas serían mayoritariamente de infantería (ligera y de línea) pero también habría un pequeño contingente de caballería, como se pudo ver en una acción en Erice, donde 200 jinetes salvan de una derrota mayor a Bostar, lugarteniente de Amílcar. Además, durante las negociaciones con Cartago, los mercenarios pidieron indemnización por los caballos muertos. Así pues, el ejército contaría con una escuadra de caballería, si bien, muy reducida en número.

Los oficiales de cada contingente solían ser del propio origen de estos, pero los comandantes a los que estaban subordinados eran cartagineses (como Gesco) o fenicios de las ciudades aliadas como Útica e Hippo Acra.

Tras sofocarse el motín de 247 a.C., los mercenarios, salvo un grupo de 1.000 galos, fueron fieles y profesionales con Amílcar, año tras año, pese a la difícil situación. Como se puede ver a lo largo del relato, las familias de al menos la mayoría de ellos permanecían en la misma Cartago o en centros cercanos. Lo cual era una fuerza de presión para ellos. También hay que destacar la doble intención cartaginesa en ello, con los niños criándose entre los cartagineses, al volver a sus tierras reforzaban la política exterior y las posibilidades de reclutamiento.

La cuestión de los libios es difícil de analizar, pues no queda claro si eran mercenarios o simplemente “sirvientes” militares que las comunidades bajo control cartaginés estaban obligadas a aportar[5]. De cualquier modo también recibirían un sueldo, aunque fuera menor al del resto, punto muy interesante en los devenires de las negociaciones que veremos.

El plan de Gesco de pasar a las tropas poco a poco para que el pago fuera también fragmentado y más llevadero, fue anulado por la despreocupación de las autoridades de Cartago. No supieron encontrar los medios para pagar y enviar a los mercenarios a sus casas, quedando acuartelados cada vez en mayor número en la ciudad.

Declaración de Guerra

Una vez todos en Cartago, los disturbios no tardan en aparecer. Los mercenarios, ociosos y sin dinero para subsistir, se vieron obligados a realizar toda clase de rapacerías. El senado cartaginés en seguida pidió a los jefes que llevaran a sus tropas a Sicca[6], entregándole a cada mercenario una moneda de oro para las urgencias.

Los mercenarios querían dejar sus equipajes, mujeres e hijos en Cartago, pero los gobernantes se negaron, ya que esto hubiera sido un motivo para que aquellos regresaran y volvieran los desórdenes. Sicca era una ciudad lo suficientemente alejada para poder despreocuparse de los mercenarios durante un tiempo, mientras Cartago dedicaba su escaso dinero a propósitos más urgentes: como pagar deudas y reconstruir la flota. Estaba también situada en un valle fértil donde aquellos hombres podrían aprovisionarse sin excesivos problemas. No hay que olvidar, el gran número que eran, además habría que sumarle sus familiares, haciendo un total demasiado grande para ser alimentado con facilidad en la propia Cartago.

Aún así, los mercenarios seguían demandando sus pagas, y es enviado Hannón el Grande (según Polibio (1, 67’ 1) “gobernador por entonces de los cartagineses en el África”) para negociar con ellos. Pero lejos de satisfacer sus esperanzas, les dice que debido a la situación deberían perdonar una parte de lo pactado. Se levantó entonces disensión y alboroto entre todos los presentes y al no hablar el mismo idioma todo el campamento se llenó de confusión.

Hannón el Grande anuncia a los mercenarios las nuevas condiciones de Cartago.

Como apunta Polibio, esta diferencia idiomática era beneficiosa para los cartagineses a la hora de que las tropas se mantuvieran fieles a sus jefes, pero para instruirlos, mitigar y corregir a los llevados por la ira era todo lo contrario.

La desconfianza creció entre todos, algunos oficiales no tradujeron el discurso de Hannón según este lo había dicho, bien por ignorancia o por pura malicia, ya que tampoco ellos confiaban en él. Hannón no era el general que los había mandado en Sicilia, lo cual, sin duda, entorpeció toda la negociación.

Llenos de desprecio, los mercenarios marcharon a Cartago y acamparon en Tunis hacia mediados de otoño del 241 a.C. En ese momento los cartagineses se dieron cuenta del error de haberlos acantonado a todos en un mismo lugar, así como haberles remitido sus equipajes, mujeres e hijos. Hubiera sido más inteligente haberlos retenido como rehenes y tener así una mejor baza negociadora.

Tratando de aplacarlos les enviaron gran cantidad de víveres para que pudieran comprarlos a un precio fijo; y senadores les remitieron promesas de que se haría todo a su gusto. Envalentonados y viendo el temor de los cartagineses, los mercenarios no dejaron de demandar cada día de forma creciente: además de los sueldos, pedían el precio de los caballos muertos[7]; recibido, pidieron el precio de los víveres que les adeudaban, etc. Sedientos de oro, buscaban dificultar las negociaciones.


El senado cartaginés por fin decidió enviar un general en quien pudieran confiar para cerrar las negociaciones. El elegido fue Gesco, segundo de Amílcar en Sicilia, ya que en Cartago se pensaba que el mismo Amílcar Barca era la causa del desprecio hacia ellos[8].

Llegado Gescón a Tunis, convocó a los jefes, a los que en primer lugar reprendió por su conducta y seguidamente empezó a pagar por naciones.

Sin embargo, había entre los soldados un campanio llamado Spendio, al que las fuentes describen como un siervo fugitivo de los romanos, fuerte y audaz. Temiendo este que su señor le echara mano y lo crucificara, según dictaban las leyes romanas, quiso interrumpir el convenio. Lo acompañaba Mathos, un libio libre, pero que por haber sido motor de los altercados tenía miedo de las represalias.

Mathos convenció a los libios de que, después de haber despachado a los de las demás naciones, los cartagineses descargarían sobre ellos la ira que les albergaban y atemorizarían a los demás africanos con su castigo. Spendio y Mathos acusaron y difamaron a Gescón y a los cartagineses y el ambiente se enardeció tanto que si alguno, fuera soldado u oficial, intercedía por los púnicos era apedreado hasta la muerte. Y así, con los ánimos caldeados hasta el exceso, se eligió a Spendio y Mathos jefes de los libios.

Mientras tanto, Gesco negociaba con los demás, y entonces llegaron los libios pidiendo con insolencia las raciones que se les debía. Pero el general cartaginés respondió que se las pidieran a Mathos. Esto los irritó aún más y le arrebataron el dinero y luego apresaron a Gesco y su comitiva. Los líderes rebeldes pensaron que si cometían un delito contra la ley y el derecho encenderían la guerra que tango ansiaban; y poco después la declararon formalmente (finales de 241 a.C.).

Elefantes de guerra cartagineses.
Llamamiento a Amílcar y Batalla de Bagradas

Enseguida Mathos envió legados a las ciudades de África, proclamando libertad y rogando que les socorrieran y que tomaran parte en la guerra. La propuesta fue acogida con alegría de forma casi unánime, tan solo las ciudades de población fenicia: Útica, Hippo Acra y las ciudades de la zona de Byzacena (Thapsus, Hadrumeto, Leptis Minor) se mantuvieron del lado de Cartago, tal y como ya sucediera con la invasión de Agatocles y de Régulo.

Durante la anterior guerra, los libios habían sido maltratados con altos impuestos, por lo que no hacía falta mucha presión para convencerlos de que se rebelaran. Toda la población se volcó con los exmercenarios, pagando las deudas sobradamente.

Cartago se enfrentaba a un peligro aún mayor del que había sufrido en la larga guerra contra Roma: aniquilados tras la guerra en Sicilia, ahora no tenían las tropas ni las provisiones que tomaban de las ciudades de África, pasadas al enemigo; carecían de armas y fuerzas marítimas, sin acopio de víveres y sin aliados de quien recibir ayuda.

Cartago mandó a Hannón el Grande al mando de un pequeño ejército, pero en el que se incluían al menos 100 elefantes,[9] y prepararon las naves de tres y cinco órdenes que aún les quedaban. Esto seguramente les llevó un tiempo, saliendo Hannón probablemente en primavera de 240 a.C.

Por su parte, al ejército de Mathos se le habían unido 70.000 libios, pudiendo asediar Útica e Hippo Acra (que podían ser mantenidas gracias a la exigua, pero suficiente, flota púnica) y mantener una fuerte guarnición en Tunis al mismo tiempo. Todas las comunicaciones de Cartago con el resto de África quedaban así cortadas por completo.

Hannón era un buen organizador, pero no era un hábil general. Se dirigió a Útica y atemorizó a sus enemigos con el gran número de elefantes. Estos se retiraron y Hannón, confiado, entró en la ciudad descuidando el campo de batalla, al que volvieron los rebeldes que atacaron por sorpresa e hicieron huir a los púnicos, asaltaron el campamento y se apoderaron de todo el bagaje y la maquinaria de asedio que había llevado consigo Hannón.

Mapa de la África cartaginesa en el momento de la rebelión. La línea negra delimita (de forma especulativa) los límites
del dominio de Cartago. En Rojo los movimientos de los mercenarios; en azul los movimientos púnicos.

Con esta debacle, el senado cartaginés decidió llamar de nuevo a Amílcar Barca, que volvía a la palestra política. El general reunió un ejército de 10.000 hombres compuesto de extranjeros, desertores del enemigo, caballería e infantería ciudadana y 70 elefantes[10].

No hay que pensar que con esto se excluía a Hannón de la guerra. El general siguió operando con su ejército, aunque estas acciones no sean descritas por ninguna fuente, salvo lo poco aportado por Polibio, que lo sitúa “días más tarde” cometiendo nuevos errores en un lugar llamado Gorza (sin identificar). Quizás maniobrara en torno a Útica o fuera en ayuda de Hippo Acra; en cualquier caso sin resultados positivos.

Por su parte, Mathos había mandado guardar todos los pasos de montaña que rodeaban Cartago por el Norte mientras Spendios defendía el único puente sobre el río Bagradas (actual Medjerda), junto al que los rebeldes habían construido una ciudad para ayudar a defenderlo.

El río era invadeable debido a su enorme caudal, pero Amílcar era conocedor de un camino alternativo. Sabía que en verano, los vientos arrastraban arena hacia la desembocadura, embarrándola y creando una especie de camino. Amílcar partió de noche y cruzó el Bagradas por sorpresa.

Fotografía del río Bagradas (Medjerda) en la actualidad.
Spendio le salió al paso con 10.000 hombres de la ciudad del puente, a los que se le unieron otros 15.000 del asedio de Útica. Amílcar marchaba con los elefantes en vanguardia, en el centro la caballería y la infantería ligera y en retaguardia la infantería pesada. Advirtiendo que el enemigo atacaba precipitadamente, manda invertir el orden de la marcha, pasando la infantería pesada al frente y la vanguardia atrás.

Los rebeldes, creyendo que los cartagineses huían, abandonaron toda formación y atacaron en tromba. De improviso se encontraron con la infantería púnica haciéndoles frente y en cuanto la caballería y los elefantes amenazaron sus flancos huyeron tan rápido como habían atacado. Se inició una persecución en la cual las tropas móviles de Amílcar dieron buena cuenta de sus enemigos, matando a 6.000 entre libios y extranjeros y tomando 2.000 prisioneros. Los demás pudieron salvarse al llegar a la ciudad y al campamento de Útica. No se dan cifras de las bajas en el ejército cartaginés, pero fueron a todas luces insignificantes.

Mapa que muestra los movimientos previos a la batalla de Bagradas, así como el esquema de las maniobras
que Amílcar realizó en la misma. Tanto la línea de costa como el curso del río Bagradas están representados
según estarían en aquella época. (clic para ampliar).

Amílcar no tardó en sacar provecho de la victoria y tomó al asalto la ciudad junto al puente, huyendo ahora sus ocupantes a Tunis. Luego se dirigió a los demás pueblos cercanos, que se rindieron sin dudar, recobrando así el espíritu y valor de los cartagineses. Seguramente el asedio sobre Útica fuera levantado (aunque las fuentes no lo especifican) dada la imposibilidad de mantenerlo con el ejército de Amílcar tan cerca y habiendo huido Spendio, el general, a otro lugar.

Jinete númida.
Amílcar es Cercado, Pacto con Naravas y Victoria

Mathos continuaba el asedio de Hippo Acra, pero necesitaba tener controlado a Amílcar, que recorría el interior del país recobrando para Cartago la lealtad de pueblos y ciudades. Para ello envió a Spendio junto a Autarito, comandante de los galos, con la misión de cercar al general púnico, aconsejándoles que evitaran los llanos dada la superioridad que tenía en caballería y elefantes. Así mismo mandó mensajes a númidas y libios pidiendo ayuda e instándolos a que no perdieran la oportunidad de ganar su libertad.

Spendio salió de Tunis al mando de 6.000 hombres de varias nacionalidades y acompañado por Autarito con sus 2.000 galos, es decir, los veteranos de Sicilia; llegando al lugar donde Amílcar se hallaba acampado: una llanura coronada por todas partes de montañas[11]. Los ejércitos eran similares en número, pero el de Amílcar tenía clara ventaja en el llano, por lo que los rebeldes no se atrevían a bajar de su campamento situado en los montes. Pero entonces llegaron los númidas y libios que habían acudido al llamamiento de Mathos, unos 10-15.000 hombres.

Amílcar se encontró de repente en un serio aprieto, rodeado por los libios por el frente, los númidas por la espalda y Spendio por el costado; y superado ampliamente en número.

Sin embargo, entre los númidas había cierto jefe, llamado Naravas, que se inclinaba hacia los cartagineses, influencia heredada de sus padres según Polibio, que pensó que esta sería una buena oportunidad para reconciliarse con Cartago. Marchó al campamento de Amílcar acompañado de 100 númidas, donde se entrevistó con el general, demostrando gran valor, osadía y coraje. Ambos acordaron una alianza, en la que Amílcar le prometió a su hija si Naravas se mantenía fiel a Cartago.

Mapa de situación de los primeros compases del conflicto.

Hecha la alianza, llegó Naravas con 2.000 númidas bajo su mando acompañando a los cartagineses que se colocaron en orden de batalla. Por su parte, los hombres de Spendio se unieron a los libios y bajaron todos al llano para combatir.

El combate fue duro, pero Amílcar resultó victorioso. Los elefantes tuvieron gran protagonismo, pero, según Polibio, Navaras se distinguió entre todos.

En el lance murieron 10.000 rebeldes y otros 4.000 fueron hechos prisioneros, pero Spendio y Autarito consiguieron huir nuevamente.

Amílcar, en un intento de acercamiento con los rebeldes, dio permiso a quien quisiera para que se uniera a su ejército. A los demás les perdonó la vida y los invitó a ir donde quisieran, pero bajo la amenaza de que si levantaban de nuevo las armas contra Cartago serían castigados sin remedio.

Entre los rebeldes que se le unirían y las tropas de Navaras, el ejército de Amílcar ascendería ahora a los 15.000 hombres.

Imagen que reconstruye los puertos de Cartago.
La Guerra se Recrudece. Acción en "La Sierra"

Mientras esto sucedía en África, los mercenarios de la guarnición que defendía Cerdeña se rebelaron a imitación de Mathos y Spendio. Un tal Hannón con un nuevo ejército compuesto de mercenarios fue enviado, pero estos mataron a su general y se unieron a los rebeldes. Cartago perdía así el control de la isla.

Ya en el 239 a.C., Mathos, Spendio y Autarito, temerosos de que la política de reconciliación de Amílcar dividiera al ejército urdieron un plan para impedirlo. Los reunieron a todos y en ese momento hicieron como si llegara un mensajero desde los rebeldes de Cerdeña, aconsejando tener cuidado con Gescón y los demás apresados en Tunis, porque había en el ejército quien pretendía liberarlo. Spendio exhortó a que no creyeran en el perdón de Amílcar porque pretendía con ello capturarlos a todos, y que no liberaran a Gescón, pues este hábil general no tardaría en regresar para atacarlos con un ejército. En ese momento llegó otro mensajero desde Tunis con el mismo mensaje que el de Cerdeña. Entonces Autarito exhortó a todos a matar a Gescón y a los demás prisioneros y a todo aquel que capturaran en un futuro.

Algunos trataron de interceder por Gescón, dado el buen trato que aquel había tenido con todos en el pasado, pero esto no hizo otra cosa que acrecentar los odios y les dieron muerte a cada uno.

Los hombres de Spendio sacaron a Gescón y sus 700 compañeros del campamento, les cortaron primero las manos, luego los pies, les rompieron las piernas y los arrojaron vivos a un hoyo.

Enterado de la noticia, Amílcar llamó a Hannón el Grande para unir ambos ejércitos, convencido de que así podrían poner fin a la guerra rápidamente; y desde Cartago se ordenó a ambos que vengaran a sus compatriotas, mientras mandaban emisarios a recoger los cadáveres. Pero, dando nuevamente muestra de poca humanidad, los rebeldes los expulsaron con la amenaza de sufrir la misma suerte.

Tras esto, para alcanzar un punto de no retorno en las hostilidades, los rebeldes publicaron un bando de común acuerdo con orden de matar con tortura a todo cartaginés apresado y que se le cortara las manos a cualquier aliado de aquellos. Lo cual se llevó con todo rigor a partir de entonces.

En el campo púnico, aunque las intenciones eran buenas, los dos generales no llegaban a ponerse de acuerdo en el modo de dirigir la guerra, salvo en que debían matar a los rebeldes capturados por derecho de represalia; y desaprovechaban las ventajas que les surgieron. La situación llegó a tal punto, que Cartago ordenó que uno de los dos abandonara el generalato, a elección de la tropa, y es aquí donde se impuso el carisma de Amílcar, quedando sustituido Hannón por el más maleable Aníbal.

Mientras esto sucedía, los lugares de abastecimiento de la ciudad, llamados emporios[12] por las fuentes, se inundaron por las tormentas y Útica e Hippo Acra se pasaron al enemigo sin presentar mucha resistencia y matando de paso a la guarnición de 500 hombres que Cartago había mandado en su socorro, arrojando después los cuerpos por las murallas e impidiendo que fueran enterrados. Sin duda las acciones de los rebeldes para con los aliados de Cartago caló hondo en los habitantes de las dos únicas ciudades que aún les podían apoyar.

Guerrero con coraza de triple
disco; en un vaso de Campania.
Infantes como este  serían
contratados por Cartago.
La situación se volvió tan comprometida que Spendio y Mathos pudieron sitiar la propia Cartago en la primavera de 239 a.C. Pero lejos de desfallecer, Amílcar envió a Navaras y sus númidas a cortar la línea de suministro enemiga, acción que llevaron con gran éxito. Aunque no lo suficiente. Cartago se vio obligada a pedir ayuda a sus antiguos enemigos. Hierón respondió satisfactoriamente pues le interesaba que Cartago equilibrara el poder de Roma[13]. La loba también ayudó pese al incidente de unos 500 comerciantes italianos que fueron capturados cuando trataban de vender a los rebeldes. Cartago los entregó sin rescate, lo que Roma agradeció del mismo modo, entregando al resto de prisioneros la de guerra de Sicilia y animando a sus comerciantes a que vendieran a la propia Cartago. La actitud romana fue tan correcta que incluso rechazaron la propuesta de los mercenarios de Cerdeña, que habían sido expulsados, de entregarles la isla; y tampoco admitieron la petición de amparo de Útica[14].

Así, poco a poco, Amílcar fue privando de suministros a los asediadores, obligándolos a retirarse a principios o mediados del 238 a.C.

Pero, ahora, habiéndose librado de la carga de mantener los asedios de Útica e Hippo Acra, los rebeldes pudieron concentrar sus fuerzas para mandar un gran ejército para que controlara los pasos de Amílcar. Reuniendo una tropa de 50.000 hombres, contando con los libios de Zarjas[15], su idea era mantener a ralla al cartaginés, anticipándose a él y ocupando las colinas y los pasos. Pero a pesar de que Amílcar era muy inferior en número, quizás algo más de 20.000 hombres, los rebeldes trataban de ser cuidadosos evitando los llanos, dada la superioridad en elefantes y caballería que tenía aquel.

Sin embargo, dada la mayor pericia estratégica del general púnico, no podían impedir que Amílcar atrajera al combate a pequeños grupos o los emboscara. Tal fue la presión a la que los sometió, que el miedo aparecía en los enemigos cuando Amílcar se dejaba ver, tanto de día como de noche, sabedores de a los que cogía vivos los arrojaba a los elefantes, que los pisoteaban hasta la muerte[16].

Finalmente Amílcar los cercó en un lugar ventajoso, llamado Sierra, por la similitud que tenía con esta herramienta (lugar no identificado[17]). Angustiados, los líderes rebeldes buscarían un lugar seguro donde acampar creyendo que el ejército púnico estaría a una distancia prudencial. En este punto, la caballería númida y la mayor habilidad de Amílcar para usarla resultarían cruciales, teniendo vigilados a los rebeldes. Los cartagineses aparecerían de improviso y aprisionaron entre las montañas a sus enemigos, tapando la única salida del valle con un foso y una empalizada[18].

Mapa de situación en el momento más peligroso para Cartago.

Los rebeldes no podían escapar y tampoco se atrevían a combatir. El hambre comenzó a hacer estragos, llegando incluso a comerse unos a otros. Su esperanza era que llegaran refuerzos desde Tunis, pero en vista de que estos no aparecían, Autarito, Zarjas y Spendio decidieron entregarse y tratar un acuerdo con Amílcar.

Este quedó sellado de la siguiente manera: “Será lícito a los cartagineses escoger de los enemigos diez personas, las que ellos quieran; y a los demás se les remitirá con su vestido.”

Entonces Amílcar, hecho el engaño, escogió a esos diez, entre los que estaban Autarito, Zarjas y Spendio y otros capitanes distinguidos. El resto del ejército, ignorando el tratado y temeroso, acudieron a las armas de forma inútil dada su precaria situación. Amílcar los rodeó y los pasó a cuchillo en número de más de 40.000[19].

Asedio de Tunis

La victoria de Amílcar inspiró de nuevo a los cartagineses. El general púnico, junto a Aníbal y Naravas batieron la campiña y tomaron varias ciudades, acorralando a los restos del ejército rebelde en Tunis.

Asegurada la retaguardia, el estado mayor preparó el asedio de la ciudad, que se levantaba en un “pasillo” entre la Bahía de Tunez y el lago Al-Seyoumi, siendo una posición fácilmente defendible. Aníbal cerca la ciudad desde el Norte, mientras que Amílcar lo hace desde el Sur.

Pero Aníbal actuó de forma excesivamente confiada. Primero llevó a Spendio frente a las murallas de la ciudad donde lo crucificaron. Las tropas estaban poco preparadas para el combate y Mathos se dio cuenta de aquello, atacando de inmediato, matando a muchos y haciendo huir al resto hasta la misma Cartago, y apoderándose de camino de todo el bagaje. El propio Aníbal fue capturado y crucificado en la misma cruz en la que había estado Spendio; así como a los 30 senadores cartagineses que formaban la comisión que había enviado con él la ciudad.

Mercenarios rebeldes crucificados ante Tunis.

Amílcar no pudo ayudarlo al enterarse tarde de la noticia y estar al otro lado de la ciudad, separados por un enorme lago. Sin más que poder hacer, Amílcar se vio obligado a levantar el campo y apostarse en la desembocadura del río Bagradas, allí donde su superioridad en caballería lo mantendría seguro y en una posición donde podría acosar a Mathos en caso de que este avanzara hacia Cartago.

Victoria Final de Amílcar

Nuevamente cundió el desánimo en Cartago, que sin embargo no se daba por vencida. Envió con Amílcar de nuevo a Hannón el Grande, acompañado de todos los ciudadanos en edad militar y por otros 30 senadores que mediaron entre ambos, rogándoles que ajustaran sus diferencias y que obraran de concierto.

Mathos veía reducidas sus opciones y se desplazó al Sur, a la región de Byzacena, tratando de destruir la fuente de suministros de Cartago. Allí es perseguido por los generales cartagineses, dándole alcance en torno a la ciudad de Leptis Minor[20], donde le tienden numerosas pequeñas emboscadas haciéndole perder hombres y esperanza. Finalmente Mathos se decide a plantar batalla y los púnicos, deseosos, la aceptan.

Dicho encuentro no es descrito por las fuentes, salvo escasos detalles. En la batalla participaron todos los hombres disponibles por ambos contendientes, que serían unos 20.000 hombres por parte rebelde y en torno a 25.000 por Cartago. La victoria cartaginesa fue rápida, muriendo la mayor parte de los libios y huyendo el resto a cierta ciudad poco antes de rendirse por completo. Mathos fue apresado, y llevado a Cartago junto a sus colaboradores, donde sufrió toda clase de oprobios.

Mapa de situación al final del conflicto.

El resto de ciudades de África pronto se entregaron de nuevo a la subordinación de Cartago, salvo Útica e Hippo Acra, que dada la actitud con la que habían actuado, no tenían pretexto alguno para pedir la paz y persistieron en la rebelión. Pero tan pronto Hannón acampó frente a una y Amílcar frente a la otra a principios de primavera de 237 a.C., fueron obligadas a aceptar las condiciones que Cartago quiso.

Tras tres años y casi cuatro meses[21] (diciembre 241 a.C. – marzo 237 a.C. aproximadamente), terminó así la guerra de los mercenarios y Cartago recobró el dominio sobre África. 

Epílogo

Amílcar había salvado a la ciudad de (en palabras de Polibio) la situación más peligrosa a la que se enfrentó, salvo cuando fue destruida. Fue un conflicto cruel y despiadado por ambas partes, en el que la estrategia agresiva de Amílcar logró la victoria. Contrastando con el accionar mucho más dubitativo de los generales púnicos de la época, reflejados aquí en Hannón el Grande. Amílcar cambió el concepto estratégico de Cartago, siendo en la Guerra de los Mercenarios cuando se plasma más claramente. También innova en el apartado táctico, dando mayor importancia a la caballería y los elefantes, algo que se había gestado tres lustros antes con el mercenario espartano Jantipo, pero que al parecer no había cuajado entre los generales de la urbe africana; y haciendo uso perfecto de emboscadas y marchas forzadas y nocturnas para aparecer cuando y donde el enemigo menos lo esperaba.

Dos décadas más tarde, será su hijo Aníbal Barqa el que lleve al culmen estos dos factores.

Pero los males de Cartago no terminaron con esta guerra. Roma, atraída por los rebeldes de Cerdeña, decidió pasar a la isla (ver Cerdeña y la Segunda Guerra Púnica). Los cartagineses se quejaron airadamente de esto mientras preparaban una expedición para retomar el control. Pero los romanos, argumentando que el ejército no se dirigía contra los sardos sino contra la propia Roma, les declararon la guerra. Cartago se vio superada por los acontecimientos, imposibilitada de reanudar una nueva contienda tras 28 años de lucha ininterrumpida, entre la que había sostenido en Sicilia y la recién terminada en África. Se ve obligada para obtener la paz no solo a ceder Cerdeña sino a añadir otros 1.200 talentos a la deuda de 3.200 de la Primera Guerra Púnica.

Este acto totalmente oportunista y desleal por parte de Roma encendió más la ira púnica que la anterior derrota, y a la postre fue la mecha que hizo estallar el siguiente conflicto entre las dos potencias del Mediterráneo Occidental. Y por otra parte, Cartago, ya sin territorios ultramarinos, se vio obligada a buscar recursos y comercio en otras tierras. Y así es como Amílcar recaló en Hispania, tema de su vida que analizaremos en un próximo trabajo.



Autor: Alejandro Ronda

BLIBLIOGRAFÍA:
Fuentes antiguas (en orden de importancia): 
Polibio de Megalópolis: Historia universal bajo la República Romana.
Diodoro Sículo: Biblioteca histórica.
Zonaras: Epítome.
Apiano: Historia Romana, V.
Cornelio Nepote: Sobre los hombres ilustres.
Tito Livio: La Historia de Roma.
Eutropio: Abreviación de la historia romana.

Fuentes modernas:
Jaime Gómez de Caso Zuriaga; Amilcar Barca, Táctico y Estratega. Una valoración.
Nic Fields; Carthaginian Warrior.
Dexter Hoyos; Hannibal’s Dinasty.
Dexter Hoyos; Truceles war, Carthage fight for survival 241-237 BC.
Fernando Quesada Sanz; En torno a las instituciones militares cartaginesas.
Fernando Quesada Sanz; Soldada, moneda, tropas ciudadanas y mercenarios profesionales en el antiguo mediterráneo: el caso de Grecia






[1] Un talento equivalía a 27 Kg.
[2] Polibio los menciona como “mixellenes”. Aunque Cartago había contado con griegos entre sus mercenarios, entre los cuales el más ilustre fue Jantipo, al parecer ya no quedaba ninguno.
[3] Polibio I, 67’7.
[4] Polibio 1, 77’ 4.
[5] Apiano (Sic. 2, 7) es el único que se decanta por describirlos como súbditos de Cartago.
[6] Actual Al-Kâf, a algo más de 180 Km. al Sudoeste de Cartago.
[7] Diodoro (25, 6 ‘1) narra como fue la excesiva compensación que exigieron por los caballos muertos y los hombres asesinados lo que fue el detonante de la guerra.
[8] Apiano (Sic. 2, 7) va más allá y dice que Amílcar había prometido regalos a los mercenarios más allá de lo que Cartago podía conceder.
[9] Polibio 1, 74’ 1-4. Se trataría de parte del ejército movilizado algunos años antes en África, comandado por el mismo Hannón, con el que tomó Hecantompilos (la Theveste romana).
[10] Polibio 1, 75‘ 1-2.
[11] Dada la vaga descripción que hace Polibio, la mencionada llanura se podría localizar en distintos lugares como en el curso medio del río Mellane, a 15 Km. al Noroeste de Ziqua; en una pequeña llanura entre el Bagradas y el Siliana, a unos al Oeste 22 Km. de Thugga; o las tierras cercanas a la unión del Bagradas y el Muthul; entre otros.
[12] Este es el territorio que posteriormente se conocería como Byzacena, en torno al Golfo de Hammamet. Curiosamente en esta zona la familia Barca tenía tierras.
[13] Polibio 1, 83’ 1-4.
[14] Apiano (Sic. 2, 10) y Zonaras (8, 17’ g-h) añaden que Roma permitió a Cartago reclutar mercenarios en Italia solo por esta guerra, haciendo excepción de una de las cláusulas del tratado de paz de 241 a.C. Aunque es el único autor que menciona este detalle, esto no carece de sentido, dado que África, principal fuente de mercenarios de Cartago, estaba levantada en armas contra ella. E incluso sitúan unos mediadores romanos para alcanzar una paz, que, evidentemente, no lograron.
[15] Esta es la primera vez que Polibio (1, 84’ 3) hace referencia a este personaje. Es imposible asegurarlo, pero probablemente fuera uno de los líderes de los libios que acudieron al llamamiento de Mathos en 241 a.C.
[16] Diodoro 25, 3’ 1.
[17] Los historiadores modernos han propuesto tres opciones. La más antigua es un valle triangular a 95 Km. al sur-suroeste de Tunez, en un lugar que los romanos llamaron pagus-Gunzuzi. El segundo se halla en el Cabo Bon, entre la moderna Grombalia y Hammaman Lif, en el golfo de Tunez. El tercero, y más aceptado, se encuentra en Prion, a unos pocos Km. del pueblo de Hammamet y a 12 Km. al sur de Grombalia. (Dexter Hoyos, )
[18] Polibio 1, 84’ 9.
[19] Polibio 1, 85’ 7.
[20] Actual Lampta, en las costas del golfo de Hammamet.
[21] Polibio (1, 88’ 7); según Diodoro Sículo (25, 6’ 1) duró 4 años y 4 meses.

3 comentarios:

  1. Nuevo artículo en Anábasis Histórica!! La prometida segunda parte del trabajo sobre Amílcar Barca. Esta vez, sobre su destacada participación en "La Guerra de los Mercenarios".
    No dejes de leerlo! y no olvides dejarnos un comentario! Te esperamos..

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  2. Excelente, estoy leyendo una novela historica "Anibal de Hisbert Haefs", para corroborar y centrarme en la situación geopolitica consulte este blog....

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