viernes, 30 de septiembre de 2016

REBELIÓN EN HISPANIA, 205 a.C. El final de Indíbil

La guerra entre Cartago y Roma tuvo multitud de escenarios a lo largo y ancho del Mediterráneo Occidental. Multitud de pueblos y personajes participaron en el conflicto, en ocasiones por voluntad propia y otras arrastrados por las circunstancias. Hispania fue campo de batalla principal y, de entre las naciones que la poblaban, los ilergetes fueron de los más combativos, de la mano de su rey Indíbil, que trató de mantener un juego de alianzas entre las dos grandes potencias del momento sin llegar a entender del todo lo que estaba en juego.


            En este artículo trataremos de desentramar las innumerables incógnitas que rodean la figura de Indíbil, así como las de la segunda rebelión contra Roma. El rey ilergete, tan indómito como su pueblo, no fue tan iluso como la historiografía moderna lo describe, ni tan inverosiblemente ambicioso como lo hace Tito Livio. Ni se vio sorprendido y traicionado por los romanos al no abandonar la Península Ibérica cuando los cartagineses fueron finalmente expulsados, ni quiso conquistar toda Hispania. Simplemente entró en una partida cuyas reglas desconocía, jugando (en estrategia, a la hora de hacer y deshacer alianzas, sobre el campo de batalla, etc.) como le dictaba la guerra tradicional en Hispania.

              Hay que recalcar que tanto las fuentes primarias como la historiografía moderna han dado de lado este conflicto, al considerarlo secundario comparado con el gran conflicto entre Roma y Cartago (aunque estaba enmarcado dentro de este). Es por ello que existe gran cantidad de lagunas en la información, que pocos fueron los historiadores que se hicieron eco de estos sucesos (con lo que es casi imposible contrastar datos) y cuando lo hicieron fue de forma muy resumida. Por todo esto, como veremos más adelante, hay hechos de los que tan sólo podemos conjeturar sin poder dar una respuesta con total seguridad.

Ruinas de Ampurias, lugar de desembarco de las tropas
romanas en Hispania.
ROMANOS Y CARTAGINESES EN HISPANIA EN 206-205 a.C.

            Si la llegada de Publio Cornelio Escipión hijo supuso un giro radical en el escenario hispano de la Segunda Guerra Púnica, la derrota cartaginesa en Ilipa fue prácticamente la claudicación de estos en la península. Asdrúbal Giscón y Magón Barca habían reunido un enorme ejército en el valle bajo del Guadalquivir, pero las recién reclutadas tropas iberas y los diezmados libios fueron insuficientes para contener a los veteranos romanos y al genio de Escipión. Quedaban así los cartagineses recluidos en el extremo sudoccidental de la península. Tan sólo un puñado de ciudades seguían en alianza con Cartago, las iberas Cástulo, Iliturgi y Astapa, que fueron tomadas con suma crudeza y una a una por los romanos; y la fenicia Gadir (actual Cádiz), que tan sólo mantenía su lealtad al estar el ejército acantonado en ella, pero con ya poco sutiles proclamamientos prorromanos. Mientras comenzaban las operaciones contra esta ciudad, el líder númida Masinisa se pasa de forma encubierta al bando romano, pactando con Escipión, el cual le causa una profunda impresión. Esta decisión a la postre fue decisiva en los últimos compases del conflicto.

            Poco después, aún en el 206 a.C. Escipión cae enfermo. La noticia se extiende con tanta rapidez como de forma exagerada, a tal punto de que algunos lo dan por muerto. Esto, añadido a las penurias que atravesaba el ejército romano en Hispania, sobre todo por el retraso de las pagas, hace que 8.000 ciudadanos romanos se rebelen en el campamento de Sucro, junto al río Júcar. A su vez, Indíbil, el rey de los ilergetes, creyendo muerto a Escipión se ve libre del pacto que había suscrito con él y decide atacar a los pueblos vecinos, que estaban aliados a Roma. Es poco probable que esta rebelión fuera alentada por Magón, tal y como afirma Livio, ya que el senado púnico ya le había ordenado abandonar la península y partir a Italia. En cualquier caso, Escipión se recupera, pone en orden el campamento romano sublevado, matando a los 35 cabecillas y marcha al Norte para vencer con facilidad a Indíbil.



            Entre tanto, la mano derecha de Escipión, Lelio consigue una pequeña victoria naval contra una exigua escuadra cartaginesa, poniendo aún más difícil la situación de Magón en Gadir. Finalmente el hermano menor de Aníbal intenta infructuosamente la toma de Cartago-Nova en un ataque relámpago, pero debe volver a Gadir sin resultados. La ciudad le cierra las puertas a su llegada, aliándose con los romanos, lo que hace que definitivamente Magón decida partir de inmediato hacia Italia en ayuda de su hermano, recogiendo a todos los soldados y mercenarios que puede por el camino. Después de tres décadas de dominio, Hispania quedaba limpia de ejércitos púnicos.

            Siendo definitivamente expulsados los cartagineses de Hispania, llegando así la tranquilidad tras doce años de enfrentamientos, Escipión decide asentar a sus heridos (y quizás algunos veteranos) en una ciudad fundada sobre un pequeño asentamiento ibero. Esta recibiría el nombre de Itálica, siendo la primera colonia latina fuera de territorio italiano y que con el tiempo ganaría fama y sería cuna de los emperadores Trajano y Adriano.

            Escipión dio por terminado su trabajo en Hispania y podía seguir con su estrategia de poner fin a la guerra en suelo africano; marchó a Roma antes de final de año para presentarse al consulado del 205 a.C. dejando a cargo de gobernar y mantener la paz en las provincias de Hipania a los pretores Lucio Léntulo y Lucio Manlio Acidino (pretores en 211 y 210 respectivamente).


Guerrero ibero armado con lanza, espada, puñal, lanza de
acometida, escudo oval y casco de cuero.
SEGUNDA REBELIÓN ILERGETE

            Nada más partir Escipión hacia Roma, Indíbil instigó una nueva rebelión contra el dominio romano. Son exageradas las ideas que expone Livio al decir que pretendían la liberación de toda Hispania, pues la ambición del régulo difícilmente abarcaría tanto; del mismo modo que difícilmente sería tan corto de miras al pensar, como asegura el historiador latino, que a Roma no le quedaban más generales y que por eso Escipión había tenido que marchar a Italia para hacer frente a Aníbal.

            La rebelión de Indíbil se basó en la ambición de poder personal, tanto de él como de las élites aristocráticas y no en un alzamiento nacionalista ilergete y ni mucho menos hispano como se podría pensar al leer “Jamás se presentaría una ocasión como aquella de libertar Hispania. Hasta entonces habían servido a los cartagineses o a los romanos, […] si los hispanos se ponían de acuerdo podían echar a los romanos, de suerte que Hispania, libre para siempre de toda dominación extranjera, volviese a las costumbres y usanzas de sus antepasados.” (Livio XXIX, 1’ 22-24).



            De cualquier forma no solo sublevó a los ilergetes, también a los ausetanos y “a otros pueblos limítrofes a él y a estos” y “en cosa de unos pocos días” treinta mil hombres de a pie y unos cuatro mil de a caballo se encontraron concentrados en territorio sedetano, donde se les había ordenado. Es por esto que podemos deducir que además de los ilergetes y los ausetanos, los sedetanos formaban parte activa de la rebelión, ya que Livio informa que se reúnen en aquel territorio, y no que avanza el ejército hasta allí, a parte de que no se menciona ataque alguno contra aquel pueblo. Simplemente hubiera resultado peligroso ir en pequeños grupos a reunirse a territorio enemigo o como poco de dudosa lealtad. Es cierto que una serie de hechos en este punto coinciden con la primera rebelión ilergete, en la cual, los sedetanos se mantienen fieles a Roma/Escipión. También en aquel momento Indíbil esperó a los romanos en territorio sedetano, aunque en aquella ocasión Livio afirma tajantemente que ese pueblo estaba aliado a Roma. El mero hecho de que el historiador latino guarde silencio en este aspecto en el actual conflicto, con lo noble y justificado que era entrar en guerra al ir en ayuda de un aliado nos hace inclinarnos a que en esta ocasión los sedetanos se pusieron en contra de Roma. No es algo de extrañar, puesto que en el seno de la política ibera habría aristócratas favorables a Roma y otros que se opondrían. Tras dos años seguidos con los ilergetes en pie de guerra, los contrarios a los romanos habrían tomado fuerza al ver la población peligrar sus bienes. Dificilmente podemos enumerar con seguridad algún otro pueblo aliado a Indíbil. En un pasaje muy anterior[4], narrando las batallas de Cástulo e Ilorci (año 211 a.C.), Livio pone a Indíbil al frente de 7.500 suesetanos, pero es más probable que esto sea un error del historiador (y el contingente fuera en realidad ilergete) a que Indíbil tuviera una relación tan próxima a este pueblo.

            Los generales romanos, Lucio Léntulo y Lucio Manlio Acidino, actuaron de forma rápida y unieron también ellos sus ejércitos. De no haber actuado con tal presteza se hubieran arriesgado a que la rebelión se hubiera extendido también a otros pueblos.


Maqueta de la Tarraco romana.
            Aquí debemos hacer un nuevo inciso para tratar de desentramar dónde se encontraban los pretores romanos con sus respectivos ejércitos antes del estallido de la rebelión, dato que no deja de ser un detalle, pero bastante interesante. El mismo Livio[5] informa con anterioridad que Escipión destacó a Marcio a la Hispania Ulterior, “cerca del Océano”, al que poco después se le unió con las tropas ligeras; mientras su mano derecha, Silano, fue enviado a Tarraco, presumiblemente con parte de las tropas para asegurar la paz en el norte de Hispania. Tras estos sucesos se dio la entrevista de Escipión con Masinisa, la rendición de Gadir (Cádiz), la fundación de Itálica con los veteranos y heridos[6] y finalmente la macha de Escipión a Roma con diez naves[7]. Así pues, nos encontramos con un ejército romano al mando de uno de los pretores en el valle del Guadalquivir; y el otro, a priori, en Tarraco. Sin embargo, Livio deja clara la presteza con la que actúan los romanos, dirigiéndose al enemigo sin preámbulos, pero en cambio asegura que los romanos “atravesaron con sus tropas el territorio ausetano en son de paz como si este territorio hostil fuese amigo”. Viéndolo sobre el mapa, nos damos cuenta de que el territorio ausetano queda al Norte de Tarraco, mientras que el ejército rebelde se situaba muy al Oeste. ¿Por qué dar entonces ese rodeo sin ni siquiera amenazar alguna población ausetana? ¿Realmente se habían quedado las tropas acantonadas en Tarraco tras la marcha de Escipión? Leyendo Historia Natural de Plinio vemos “Tarraco, colonia fundada por Escipión, como Cartago-Nova de los cartagineses”. Es decir, describe a la ciudad como casi propiedad privada de Escipión. Quizás los pretores, o la propia Roma, no reconociera a Tarraco como centro de operaciones y si a Emporion, aliada romana desde antes incluso del estallido de la Segunda Guerra Púnica y lugar donde desembarcó en 218 a.C. Cneo Cornelio Escipión, tío del “Africano”, así como también este ocho años más tarde. Situada al Noreste de Tarraco, el territorio ausetano queda a medio camino entre ella y el territorio sedetano, por lo que lo informando Livio que “atravesaron con sus tropas el territorio ausetano” quedaría completamente justificado si el ejército romano partió de Emporion en lugar de Tarraco, aunque por la falta de más datos es algo que hay que atajar con cierto grado de duda.

            Una vez reunidos ambos pretores, como hemos dicho, atravesaron el territorio ausetano en son de paz, llegaron a territorio sedetano, donde se habían establecido los enemigos y acamparon a tres millas de estos (unos 4.500 metros aproximadamente).


Grabado. Indíbil y Mandonio instigan a los ilergetes
y los levantan en rebelión.
BATALLA FINAL

Desgraciadamente para la descripción de esta batalla nos vemos por entero en las manos de Livio, ya que el texto de Polibio se ha perdido y Apiano apenas hace mención a estos sucesos. Además tampoco es que Livio haga una exhaustiva narración de lo que sucedió.

En un principio los romanos trataron de poner fin a las hostilidades por la vía diplomática enviando emisarios. Sin embargo, las negociaciones no dieron ningún fruto; y cuando unos jinetes iberos atacaron a los forrajeadores romanos, estos mandaron a la caballería desde la avanzadilla y se libró un combate que “no revistió especial relieve para ninguna de las dos partes.”

Al amanecer del siguiente día los iberos aparecieron armados y listos para la batalla a una milla del campamento romano. Indíbil daba el primer paso para la batalla y los romanos no la reusaron.

Por parte de los iberos, los ilergetes ocuparon el ala derecha, el lugar de honor en el mundo Mediterráneo, los ausetanos el centro y la izquierda fue ocupada por los demás pueblos “poco conocidos”. Como dijimos antes, aquí debemos intuir que entre ellos estaban los sedetanos y algún pueblo más. Lo más desconcertante de la formación ibera es que dejaron “espacios libres suficientemente amplios para lanzar por ellos a la caballería”. Desde luego esta anomalía merece un análisis. Mandonio y sobre todo Indíbil eran dos generales con bastante experiencia. Habían estado presentes desde los primeros compases de la Segunda Guerra Púnica y habían servido a lo largo de todo el conflicto tanto a los intereses cartagineses como romanos, pudiendo así aprender de los mejores generales de su tiempo: Aníbal y Asdrúbal Barca y los Escipiones, en especial ”El Africano”. Es por ello que debe haber alguna explicación para que la caballería fuera colocada ahí, en lugar de en las alas, el lugar más habitual y desde luego más provechoso, más allá de un mero capricho o el intento desesperado de innovar para derrotar a los inquebrantables romanos. Desgraciadamente Livio deja muy pocas pistas que podamos seguir; pero podemos desgranar su escrito para deducir los pormenores de la batalla.


Podemos deducir que aunque es Indíbil el que primero saca su ejército del campamento, la iniciativa de la batalla queda en manos romanas. Todo indica que la táctica ibera era defensiva. El hecho de dejar la caballería a retaguardia a la espera de una buena ocasión para lanzarla al ataque a pesar de tener superioridad numérica (4.000 contra los 3.000 romanos) nos hace pensar eso. Además, que la infantería no formara una línea continua no se puede explicar si no es con la existencia de un terreno agreste, presumiblemente una sucesión de colinas, cada una de sus alturas ocupada por una de las naciones presentes. Simplemente, en terreno llano dejar huecos en la línea de batalla era facilitar que el enemigo rodera las tropas. Podemos imaginarnos el campo de batalla elegido por los iberos, con sus infantes haciéndose fuertes en las alturas, formando prácticamente tres frentes distintos mientras la caballería ocuparía una zona interna de los valles a la espera de atacar.

De cualquier modo, parece que Indíbil se colocó al frente de la mitad de la caballería, entre los ilergetes y los ausetanos, y probablemente Mandonio comandaba la otra mitad. En total 30.000 hombres de infantería y 4.000 de caballería.

Lucio Léntulo y Lucio Manlio Acidino, que contaban con aproximadamente 25.000 infantes y 3.000 jinetes, alinearon su ejército “como de costumbre, siguiendo únicamente en una cosa el ejemplo del enemigo: también ellos dejaron entre las legiones espacios para la caballería”. Esto refuerza la hipótesis que proponemos ¿por qué no iban los romanos a aprovechar el despropósito de la formación ibera? No se entiende otra respuesta que no sea la explicada anteriormente.

Léntulo colocó a la legión XII en su izquierda, frente a los ilergetes, a las legiones que denominaremos V y VI[8] frente a ausetanos en el centro y las demás naciones iberas que se colocaron a la derecha romana. Como reserva quedaría la XIII legión. Y anticipando que sólo sacaría provecho de su caballería aquel que la lanzara primero, manda al tribuno Servio Cornelio que atacara con los jinetes por entre los huecos.


Fase previa a la batalla.
Aunque el lugar de la batalla es del todo indeterminado por las fuentes, hemos establecido su ubicación, a modo especulativo, a unos 20 Km. al Este de la ciudad de Celsa (Velilla del Ebro), capital de los sedetanos, al asemejarse el lugar a las previsibles características del campo de batalla.
Lucio Léntulo y Lucio Manlio comandaban la infantería en un combate que empezó con poca fortuna. Los ilergetes se estaban imponiendo a la XII legión y la estaban haciendo retroceder, por lo que Léntulo se vio obligado a llevar allí a la XIII como refuerzo. Mientras tanto, Lucio Manlio, presumiblemente comandando el centro, animaba a sus tropas y llevaba refuerzos allí donde se requería.


Batalla. Primera fase.
Batalla. Segunda fase.

Justo cuando el ala izquierda romana se lograba estabilizar irrumpieron los équites, desbaratando las líneas de infantería iberas a la vez que cerraban a los jinetes hispanos el espacio por el que lanzar sus caballos. La caballería ibera se vio obligada a poner pie en tierra, algo que, por otro lado, no era extraño para ellos, estando perfectamente equipados. 


Batalla. Tercera fase.

La táctica de Indíbil quedó por completo desbaratada, los romanos no sólo habían atacado con resolución las colinas, habían anulado el posible contragolpe de su caballería.

Una gran confusión cundió por las filas iberas, lo cual percibieron los generales romanos que animaron a los suyos a cargar contra el enemigo para que estos no pudieran rehacer su formación. Este pequeño extracto es importante para entender mejor cómo eran las batallas en el Mundo Antiguo, con combates mucho más esporádicos y discontinuos de lo que cabría pensar. Del texto se infiere que la lucha de infantería había cesado durante unos instantes para tomar aire y reorganizarse en torno a las enseñas. Ahora los generales romanos pedían a los suyos que volvieran a arremeter contra el enemigo para terminar de desorganizarlo y ponerlo en fuga.

Sin embargo los iberos logran aguantar la acometida gracias a que el propio Indíbil se había puesto al frente de la infantería junto a su guardia personal. Allí se dio una lucha encarnizada hasta que la escolta del régulo ilergete cayó acribillada por los pilum e Indíbil, que aún luchaba medio muerto quedó clavado al suelo por una jabalina. Este nuevo aluvión de pilum, con el combate ya bastante avanzado, parece indicar un relevo de tropas en el frente y que fueron los princeps, relevando a los manípulos de hastati, los que lograron quebrar al enemigo. El caso es que en cuanto la trágica noticia recorrió las filas iberas, estas huyeron en desbandada.


Batalla. Fase final.

Quedaba así sellado el destino de los pueblos del Ebro.

Los jinetes iberos no tuvieron tiempo de montar y los romanos acosaron con dureza a los derrotados, tomando incluso el campamento.

El resultado fue una victoria sin paliativos para los romanos. Livio contabiliza las bajas iberas en 13.000 caídos y 8.000 prisioneros, una verdadera debacle, pues tan sólo un tercio de los hombres logró volver a sus hogares. En el otro lado, cuenta el historiador latino que tan sólo fueron “poco más de 200” los caídos entre romanos y aliados, especialmente del ala izquierda.


 




Las cifras pueden parecer un tanto exageradas, pero si el campamento ibero cayó no son de extrañar, más teniendo en cuenta que la mayoría de los jinetes no podría haber escapado, con el aliciente de que entonces ya no resultaban un peligro, si lograban reorganizarse, para que los romanos persiguieran a los derrotados. En cambio, la cifra de 200 bajas por parte romana sí que parece excesivamente baja, más cuando Livio no deja de describir la lucha con adjetivos tales como “encarnizada” y teniendo en cuenta que la XII legión se vio obligada a retroceder. 200 bajas supone tan sólo un 0,8% del total del ejército romano, una cifra del todo ridícula teniendo en cuenta que lo normal en este periodo era en torno a un 5% para el bando vencedor o incluso más si el combate era prolongado o duro. Así pues, aunque sin dar una cifra, podríamos decir que las bajas romanas fueron considerablemente mayores de lo que afirma Livio.



Muerte de Indíbil.
CONSECUENCIAS

Mandonio logró escapar del desastre e inmediatamente convocó una reunión para tratar los siguientes pasos. Allí hubo lamentos y duras recriminaciones a los promotores del levantamiento y se acordó enviar embajadores a los romanos para someterse a ellos y entregar las armas. Como no podía ser de otra manera, los embajadores echaron la culpa a Indíbil y los demás jefes que en su mayoría habían caído en la batalla. Sin embargo, para aceptar la rendición los romanos pidieron que se les entregara vivo a Mandonio y al resto de inductores de la guerra. De lo contrario llevarían la guerra a territorio ilergete, ausetano y al de los demás pueblos implicados. De inmediato se prendió a Mandonio y los demás, fueron entregados a los romanos y no tardaron en ser ajusticiado.

Los ilergetes y sus aliados volvían a la paz, pero como castigo tuvieron que pagar tributo doble aquel año, debieron entregar trigo para seis meses y capotes y togas para el ejército y se les tomaron rehenes a “cerca de treinta pueblos”.

Los iberos nunca habían logrado entender del todo la política cartaginesa ni romana, algo de lo que, por otra parte, no se les puede culpar mucho pues su sociedad, su sistema político, sus ejércitos o su capacidad logística no les permitía imaginar que empresas tan ambiciosas como las que se traían entre manos las dos grandes potencias del Mediterráneo Occidental fueran posibles.

Quedaba claro que los romanos habían llegado para quedarse, pero la esperanza de librarse del yugo de otros estaba lejos de quebrarse. Para todos salvo para los ilergetes. En 197 a.C. estallaron revueltas en las recientemente creadas provincias Citerior y Ulterior, sintiendo los romanos la gran inestabilidad que años antes habían sufrido los cartagineses en Hispania. Sin embargo, no todos se unieron a la revuelta, los antaño orgullosos ilergetes permanecieron fieles a los romanos. Habían probado demasiadas veces su acero e incluso tuvieron que pedir ayuda a la loba al verse acosados por sus vecinos. La revuelta duró dos años y sólo pudo ser aplacada con la llegada del gran general Catón y 50.000 soldados romanos.

El ansia de libertad de los ilergetes había muerto junto con Indíbil.


Por Alejandro Ronda


BIBLIOGRAFÍA:


-Tito Livio; Historia de Roma desde su fundación.
-Polibio de Megalópolis: Historias.
-Apiano de Alejandría: Historia de Roma.



[1] Oppidum cerca del río Júcar, punto estratégico al encontrarse a medio camino entre Tarraco y Cartago-Nova.
[2] XXVIII, 32’ 8 y XXVIII, 32’ 10.
[3] Según se puede deducir de Polibio XI, 33.
[4] Livio XXV, 34’ 6.
[5] XXVIII, 34’ 12.
[6] Apiano Guerras Hispanas, 38.
[7] Según Apiano, “una gran flota, adornada con magnificencia y repleta a un tiempo de prisioneros, riquezas, armas y un variado botín”, pero preferimos seguir a Tito Livio.
[8] Livio no da ninguna referencia, pero estas serían las legiones que llevaría Gneo Escipión en 218 a.C. Aunque muy deterioradas por años de guerra, en los que sufrieron los desastres de Cástulo e Ilorci, mantenemos su denominación administrativa aunque fueran largamente reforzadas. 

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